El elegirte a ti mismo por encima del miedo a que te abandonen es donde empieza la verdadera libertad
Se van despacio, dejando en la sala un aroma a equipaje apresurado y a confidencias que ya no les pertenecen.
Me buscan cuando la tarde pesa, para verter en mis manos el sabor tibio de sus derrotas y respirar, por un instante, la penumbra suave de mi puerta siempre entornada.
Resuena el chasquido del silencio al cerrar. Ese murmullo con gusto a té frío que intenta suavizar la huida y a un «Quién te quiere a ti?» cada vez más pronunciado.
Las aspas de mi ventilador giran en sentido antihorario como los latidos de mi corazón resuenan hacia dentro.
Me queda en los dedos la textura sorda de un abrazo prestado, un roce que jamás se queda a habitar la noche.
Afuera, los pasos se apresuran hacia la luz cegadora de otra calle, mientras aquí adentro el silencio empieza a oler a invierno, a habitación donde nadie enciende la chimenea.
