sábado, 10 de octubre de 2026

Kamaleónico

 "Tú, sí tú"

Anoche el aire tenía una densidad distinta.

 

 

 


Entre la fauna predecible de siempre, los rostros de paso, las promesas de mentira y las sonrisas ensayadas, inesperadamente apareció él. Tenía esa forma rara, casi extinta, de habitar el espacio. Sin estridencias. Y de pronto, en medio del ruido, el milagro sutil: sus ojos fijados en los míos, con una insistencia limpia que no buscaba nada más que sostener la mirada, y una sonrisa que se sintió, por un segundo, como un resquicio de luz en mi penumbra habituada.

Intercambiamos palabras, sin ese torpe protocolo de números o nombres para forzar la coincidencia posterior. Dejamos que la noche se cerrara con esa tensión suspendida en el aire del que no sabe aún si gana o sale perdiendo. Pero hay acertijos que una no puede dejar sin resolver y descubrí la forma de tender el puente.

El mensaje flota en el vacío digital y yo sostengo la espera entre las manos como quien sostiene una taza caliente en mitad del invierno. Tengo la mente alerta, escéptica y recelosa, pero el pecho lleno de esta esperanza extraña y afilada, deseando que al otro lado resuene una respuesta preludo de una nueva ilusión.

viernes, 2 de octubre de 2026

Las nubes se disipan más allá del horizonte

 "¿Adónde va el tiempo? Ojalá pudiera meterlo en una botella y guardar un poco."

 



 

El silencio de la casa tiene hoy una densidad diferente, como si el aire se hubiera vuelto de plomo tras el portazo. Me dejaste aquí, suspendida en medio del salón, con una marea de preguntas mudas atropellándose en la garganta y la certeza lacerante de que jamás habrá una respuesta.

La ausencia no es lo que más duele, sino empaquetar el inventario de lo que nunca existió fuera de mi mente. Repaso en bucle las conversaciones que tanteábamos en la penumbra, preludio de un futuro prometedor, los gestos de complicidad que creí adivinar en la curva de tus ojos, los planes que construí sobre el cimiento frágil de un par de miradas mal interpretadas. Qué talento el mío para inventar catedrales.

Siento el alma mortificada por esa maraña de dudas que se retuercen en el pecho buscando en qué segundo exacto me volví invisible, cuándo empezaste a  ensayar la huida mientras yo, tonta de mí,  tejía un futuro a tu medida.

Me queda en los labios la forma intacta de una sonrisa que nunca llegó a destino. Resta ahí, congelada, suspendida en el aire como esa taza de café que no te tomaste, tibia al principio, amarga después, enfriándose despacio hasta volverse una mancha oscura e inservible que nadie ya se va a beber.

 

No llores pequeña, todo pasa.