miércoles, 30 de septiembre de 2026

Pena ajena

 «¿Qué sería peor: vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?»

 

 








 

Mi cerebro es una fortaleza con un sistema de tuberías perfecto: cuando la marejada del mundo amenaza con ahogarme, activa de inmediato las válvulas de achique. Si algo ocurre afuera, en ese radio inevitable que no puedo controlar pero que me roza o me atraviesa, el mecanismo se dispara en milésimas de segundo.

 Anestesia Selectiva. Distancia táctica. La mente bajando la persiana metálica mientras por dentro ajusta los engranajes para amortiguar el impacto.

Soy adaptación, un organismo acostumbrado a mutar según la densidad del aire. Ante el golpe propio, mi mente ya tiene el callo hecho; me vuelvo de piedra, me encojo, encajo el impacto con esa elegancia amarga que he perfeccionado con los años y sigo adelante. 

A mi propio dolor lo conozco de memoria, le tuteo, sé por dónde sangra y por dónde cicatriza.

Lo verdaderamente desgarrador, lo que me rompe a mí, es lo que les ocurre a los demás.

Cuando la grieta se abre en la vida de alguien a quien miro, mis defensas colapsan. Ahí no hay armadura que valga.

 Mi cerebro no sabe construir muros contra la pena ajena; la absorbe, la filtra, la metaboliza como si fuera una toxina propia. 

Me duele en los huesos el naufragio del otro, la injusticia insalvable que se abate sobre hombros que no son los míos. 

Se me encoge el pecho al ver la impotencia ajena, mientras la mía la llevo como un abrigo viejo al que ya no presto atención.

Es la paradoja más ácida de mi arquitectura interna: blindada hasta los dientes para proteger mi propia supervivencia, pero grotescamente vulnerable, abierta en carne viva, ante el dolor de todos los demás.

 

No llores más, deja que lo haga yo por ti. 

Por mil gritos a la desesperanza

"La noche es más oscura justo antes del amanecer. Y os lo prometo, el amanecer llegará."

 

 


El dolor busca un canal por donde sangrar cuando la boca se niega a formular el reproche.

La noche a oscuras, un martilleo sordo en la mandíbula, una pulsión roja y rabiosa que no me deja cerrar los ojos se suma a otra desilusión. Una  huida elegante de las que dejan la casa llena de ecos y la mesa puesta para uno. Y mientras la almohada se traga mi hastío, la muela vibra, punza, reclama su cuota de protagonismo.

Esa certeza íntima, física, me recuerda una vez más que el alma no sabe mentir. Cuando uno encaja el golpe sin pestañear, la carne toma la palabra. El desengaño que me tragué entre dientes  por la tarde, me devuelve a la madrugada una infección latente, un nervio al descubierto que reacciona a la menor corriente de aire.

Sostengo la taza de manzanilla tibia contra la mejilla buscando un alivio que no llega. El dolor de muelas es directo, no admite metáforas ni paños calientes. Es fascinante cómo la melancolía, tan volátil tan abstracta, necesita volverse calcio agrietado y carne inflamada para recordarme que sigo viva.

Me miro al espejo con el rostro ligeramente deformado por la hinchazón y me sonrío con amargura. Al menos este dolor físico tiene un mapa claro, una raíz que se puede arrancar. El otro, el que provocó la herida antes de que la muela empezara a latir, no será tan fácil de anestesiar.


martes, 29 de septiembre de 2026

Mojas la alfombra

 «No le temo a la muerte, ya he muerto antes"

 

 

 

 
 
 
 Siento el peso del vapor subiendo en espirales sobre la columna. Con el tiempo, una aprende a mutar, a volverse de camaleón y de piedra, a respirar el dióxido de carbono de las ausencias hasta que los pulmones olviden el aire puro. 
 
 Hoy soy un cactus, el entorno es un desierto donde nadie echa raíces
 
Te acostumbras a la trinchera. Levantas paredes altas, pintándolas de una autosuficiencia impecable, y te repites el mantra con el último trago amargo de la tarde, si nadie te nombra refugio, te vuelves tu propia casa. 
 
Te eliges. Con una ferocidad orgullosa y triste, te compras tus propios flores y te sirves el vino en copas de cristal fino, fingiendo que la soledad es un banquete privado y no una ración de emergencia. Me elijo.

Y entonces ocurre el accidente. Alguien se detiene en la puerta. Alguien estira la mano, te mira a los ojos y dice la palabra prohibida. Y tú, que no sabes compartir tu soledad temes perder todo aquello que aún no has conseguido.

Y cuando el veneno ya está inoculado en la sangre. La mirada se vuelve ácida, los sentidos se afilan como navajas. ¿Te eligen?, no sientes la calidez del abrazo; sientes la sospecha punzante de la trampa. ¿Qué es lo que no ha visto?  Buscas el truco en la sonrisa, la letra pequeña en el afecto, convencida de que quien toca a tu puerta solo busca ampararse de la lluvia antes de seguir su camino. Y tú, entonces...eres la lluvia de la que tiene que resguardarse.
 
No hay paraguas que pueda guarecerme de mí.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Yo sin mí y sin ti tampoco

 El elegirte a ti mismo por encima del miedo a que te abandonen es donde empieza la verdadera libertad

 

 





Se van despacio, dejando en la sala un aroma a equipaje apresurado y a confidencias que ya no les pertenecen. 
 
Me buscan cuando la tarde pesa, para verter en mis manos el sabor tibio de sus derrotas y respirar, por un instante, la penumbra suave de mi puerta siempre entornada.
 
Resuena el chasquido del silencio al cerrar. Ese murmullo con gusto a té frío que intenta suavizar la huida y  a un «Quién te quiere a ti?» cada vez más pronunciado.
 
Las aspas de mi ventilador giran en sentido antihorario como los latidos de mi corazón resuenan hacia dentro.

Me queda en los dedos la textura sorda de un abrazo prestado, un roce que jamás se queda a habitar la noche. 
 
Afuera, los pasos se apresuran hacia la luz cegadora de otra calle, mientras aquí adentro el silencio empieza a oler a invierno, a habitación donde nadie enciende la chimenea.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Café que sabe a soledad

 Si pasa algo malo, bebes para olvidar; si pasa algo bueno, bebes para celebrar; y si no pasa nada, bebes para que pase algo

 
 

La cafetera al fuego,  el sonido denso del hervor, ese rumor oscuro que huele a vigilia.

La primera taza del día es un rito de memoria. El calor negro, concentrado, con el ímpetu de las palabras no dichas, las que  queman la lengua antes de rozar los labios.

Siempre es así, cada expectativa, cada promesa entrevelada que alguien dejó caer en la mesa de mi cerebro. Empieza con el aroma dulce del tueste recién hecho, promete la tibieza que consuela, la ilusión de una mañana compartida que culmina en una vida acompañada.

Pero al primer sorbo, la mentira se deshace. El paladar recibe ese poso áspero, un amargor espeso que se agarra al fondo de la garganta y que ninguna cucharada de azúcar logra reparar . Mis ilusiones no se rompen con el estruendo de un cristal contra el suelo; se disuelven así, a trago lento, dejando un regusto rancio que perdura en el alma...donde habitan los olvidos.

Desconfiadas mis yemas recorren el borde de la taza, sintiendo el calor disiparse poco a poco, aquí no me quemas...el punto perfecto de distancia. 

La esperanza no es más que este poso negro que queda atrapado en la cerámica a medida que la taza se vacía: una corteza seca, oscura, que como un espejo te devuelve tu imagen, llena de miedos y desesperanzas.

Se entiende de este modo, no hay otra explicación. 


jueves, 24 de septiembre de 2026

Me quiero

 «Aceptamos el amor que creemos merecer»

 


 

Nadie al otro lado de la mesa. 

Una invitación a estar conmigo. A sostener la taza entre las manos para calentar las extrañas congeladas, a dejar que los pensamientos fluyan de una parte de mi cerebro a la otra, que es su opuesta en imagen y en propósito, gritando en voz baja, con la urgencia de darme las explicaciones de un comportamiento que no comprendo por más que me empeñe en consumar. 

Lanzarme al aire del espejo esas preguntas punzantes, suspendidas en el tiempo, de las que no tengo la menor respuesta y que me hace tanta falta tenerla en un  hoy y un ahora que no puedo sostener.  Vital para quererme y para no querer salir de una vida a la que ni siquiera sé cómo he sobrevivido.

Detenida en el umbral del recuerdo, mirándome fijamente a los ojos durante minutos enteros, largas horas que se vuelven líquidas. Sin pronunciar una sola palabra que ya no haya oído en mi memoria. Sin buscar defectos que corregir ni ausencias que justificar. Solo sosteniendo la mirada de quien lleva demasiado tiempo esquivándose.

Y de pronto, en medio del silencio, me sonrío. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, ácida y tibia a la vez que devora las lágrimas. Una sonrisa que no busca convencer a nadie, sino sellar un pacto hacia adentro. Un me veo. Me abrazo en esta penumbra y me quiero un poquito, así, despacio y a sorbos lentos, para no atragantarme por inexperiencia.

Abruma. 


martes, 22 de septiembre de 2026

Desvanecerse

 No existe ni el ayer ni el mañana, solo este instante que se desvanece" 






Hoy he aprendido una palabra nueva, eremición. Es cuando te haces pequeñita como un grano de arena y pasas entre las piernas de quienes te rodean con miedo a ser pisada.


Como cuando  aguantas el aire sin respirar para no pesar más de 21 gramos en el momento de volatilizarte.


Como cuando te miras en ojos de los demás y te ves tan diminuta que eres incapaz de decir dónde empiezas tú y acaba la nada.


Como cuando te resbala una lágrima por la mejilla y sientes que te ahogas en el mar de las penas.


Tan pequeña que inexistes.