«¿Qué sería peor: vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?»
Mi cerebro es una fortaleza con un sistema de tuberías perfecto: cuando la marejada del mundo amenaza con ahogarme, activa de inmediato las válvulas de achique. Si algo ocurre afuera, en ese radio inevitable que no puedo controlar pero que me roza o me atraviesa, el mecanismo se dispara en milésimas de segundo.
Anestesia Selectiva. Distancia táctica. La mente bajando la persiana metálica mientras por dentro ajusta los engranajes para amortiguar el impacto.
Soy adaptación, un organismo acostumbrado a mutar según la densidad del aire. Ante el golpe propio, mi mente ya tiene el callo hecho; me vuelvo de piedra, me encojo, encajo el impacto con esa elegancia amarga que he perfeccionado con los años y sigo adelante.
A mi propio dolor lo conozco de memoria, le tuteo, sé por dónde sangra y por dónde cicatriza.
Lo verdaderamente desgarrador, lo que me rompe a mí, es lo que les ocurre a los demás.
Cuando la grieta se abre en la vida de alguien a quien miro, mis defensas colapsan. Ahí no hay armadura que valga.
Mi cerebro no sabe construir muros contra la pena ajena; la absorbe, la filtra, la metaboliza como si fuera una toxina propia.
Me duele en los huesos el naufragio del otro, la injusticia insalvable que se abate sobre hombros que no son los míos.
Se me encoge el pecho al ver la impotencia ajena, mientras la mía la llevo como un abrigo viejo al que ya no presto atención.
Es la paradoja más ácida de mi arquitectura interna: blindada hasta los dientes para proteger mi propia supervivencia, pero grotescamente vulnerable, abierta en carne viva, ante el dolor de todos los demás.
No llores más, deja que lo haga yo por ti.




