martes, 29 de septiembre de 2026

Mojas la alfombra

 «No le temo a la muerte, ya he muerto antes"

 

 

 

 
 
 
 Siento el peso del vapor subiendo en espirales sobre la columna. Con el tiempo, una aprende a mutar, a volverse de camaleón y de piedra, a respirar el dióxido de carbono de las ausencias hasta que los pulmones olviden el aire puro. 
 
 Hoy soy un cactus, el entorno es un desierto donde nadie echa raíces
 
Te acostumbras a la trinchera. Levantas paredes altas, pintándolas de una autosuficiencia impecable, y te repites el mantra con el último trago amargo de la tarde, si nadie te nombra refugio, te vuelves tu propia casa. 
 
Te eliges. Con una ferocidad orgullosa y triste, te compras tus propios flores y te sirves el vino en copas de cristal fino, fingiendo que la soledad es un banquete privado y no una ración de emergencia. Me elijo.

Y entonces ocurre el accidente. Alguien se detiene en la puerta. Alguien estira la mano, te mira a los ojos y dice la palabra prohibida. Y tú, que no sabes compartir tu soledad temes perder todo aquello que aún no has conseguido.

Y cuando el veneno ya está inoculado en la sangre. La mirada se vuelve ácida, los sentidos se afilan como navajas. ¿Te eligen?, no sientes la calidez del abrazo; sientes la sospecha punzante de la trampa. ¿Qué es lo que no ha visto?  Buscas el truco en la sonrisa, la letra pequeña en el afecto, convencida de que quien toca a tu puerta solo busca ampararse de la lluvia antes de seguir su camino. Y tú, entonces...eres la lluvia de la que tiene que resguardarse.
 
No hay paraguas que pueda guarecerme de mí.

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