miércoles, 30 de septiembre de 2026

Por mil gritos a la desesperanza

"La noche es más oscura justo antes del amanecer. Y os lo prometo, el amanecer llegará."

 

 


El dolor busca un canal por donde sangrar cuando la boca se niega a formular el reproche.

La noche a oscuras, un martilleo sordo en la mandíbula, una pulsión roja y rabiosa que no me deja cerrar los ojos se suma a otra desilusión. Una  huida elegante de las que dejan la casa llena de ecos y la mesa puesta para uno. Y mientras la almohada se traga mi hastío, la muela vibra, punza, reclama su cuota de protagonismo.

Esa certeza íntima, física, me recuerda una vez más que el alma no sabe mentir. Cuando uno encaja el golpe sin pestañear, la carne toma la palabra. El desengaño que me tragué entre dientes  por la tarde, me devuelve a la madrugada una infección latente, un nervio al descubierto que reacciona a la menor corriente de aire.

Sostengo la taza de manzanilla tibia contra la mejilla buscando un alivio que no llega. El dolor de muelas es directo, no admite metáforas ni paños calientes. Es fascinante cómo la melancolía, tan volátil tan abstracta, necesita volverse calcio agrietado y carne inflamada para recordarme que sigo viva.

Me miro al espejo con el rostro ligeramente deformado por la hinchazón y me sonrío con amargura. Al menos este dolor físico tiene un mapa claro, una raíz que se puede arrancar. El otro, el que provocó la herida antes de que la muela empezara a latir, no será tan fácil de anestesiar.


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