Si pasa algo malo, bebes para olvidar; si pasa algo bueno, bebes para celebrar; y si no pasa nada, bebes para que pase algo
La cafetera al fuego, el sonido denso del hervor, ese rumor oscuro que huele a vigilia.
La primera taza del día es un rito de memoria. El calor negro, concentrado, con el ímpetu de las palabras no dichas, las que queman la lengua antes de rozar los labios.
Siempre es así, cada expectativa, cada promesa entrevelada que alguien dejó caer en la mesa de mi cerebro. Empieza con el aroma dulce del tueste recién hecho, promete la tibieza que consuela, la ilusión de una mañana compartida que culmina en una vida acompañada.
Pero al primer sorbo, la mentira se deshace. El paladar recibe ese poso áspero, un amargor espeso que se agarra al fondo de la garganta y que ninguna cucharada de azúcar logra reparar . Mis ilusiones no se rompen con el estruendo de un cristal contra el suelo; se disuelven así, a trago lento, dejando un regusto rancio que perdura en el alma...donde habitan los olvidos.
Desconfiadas mis yemas recorren el borde de la taza, sintiendo el calor disiparse poco a poco, aquí no me quemas...el punto perfecto de distancia.
La esperanza no es más que este poso negro que queda atrapado en la cerámica a medida que la taza se vacía: una corteza seca, oscura, que como un espejo te devuelve tu imagen, llena de miedos y desesperanzas.
Se entiende de este modo, no hay otra explicación.
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